Asi es la vida de una puta que es madre de familia

Conocemos las profesiones de nuestros vecinos, amigos y familiares. Por su cercanía y los hábitos que intuimos de su día a día, tenemos la sensación de vislumbrar cuál es su rutina, aquella que forma parte de lo que en nuestras mentes hemos aceptado como normal. Lo demás se sitúa en lo anómalo, en lo oculto, en aquello que en pos del orden y la norma que cimienta una sociedad debe permanecer como recóndito y disimulado.

La prostitución pertenece a ese terreno en sombra de la vida en colectividad, a esas singularidades que un grupo no reconoce como propios e incluso rechaza, a pesar de que su presencia sea ineludible y emerja aunque sea solo para ser reprobada.

Quien se dedica a esta opaca ocupación también sigue unas costumbres y una vida que, a su modo, conforman una existencia cotidiana. El medio 'The Cut' perteneciente a 'The New York Magazine' publica periódicamente su serie 'Los diarios del sexo' donde diferentes personajes anónimos cuentan a modo de breves memorias cómo es su día a día en relación a su sexualidad. Recientemente, una prostituta, que para ocultar su identidad ni siquiera ofrece un seudónimo, ha decidido remitir su historia. Los datos que rebela a priori son escasos aunque suficientes para elaborar un mínimo contexto: heterosexual, 35 años y residente en Nueva Jersey.

“Después de la universidad me casé y tuve hijos. Fui feliz siendo madre y esposa. Cuando mi matrimonio se rompió cerca de la treintena, tuve que decidir qué iba a hacer con mi vida. Vi un programa en la tele sobre la profesión y me quedé intrigada por lo libres que parecían las chicas sexual y financieramente. Ese fue el comienzo de este capítulo de mi vida”.

La mañana

A pesar de vivir en la punta opuesta del país de las barras y las estrellas, la mujer en cuestión reconoce que trabaja para un famoso burdel de Nevada. En ciertos condados de este estado, la profesión se encuentra legalizada desde el año 1971. Ella se traslada al prostíbulo durante un par de semanas al mes, permaneciendo el resto del tiempo en su hogar de la costa este.

 

 

La jornada puede empezar en cualquier instante de la mañana, si bien lo común es que sea a horas intempestivas: una de las pocas ventajas que, al menos para los poco madrugadores, tiene la profesión. Las cosas son distintas cuando la mujer está en su hogar. A las ocho, como le ocurre a cualquier madre, toca llevar a los niños a la escuela. Los días en el prostíbulo suelen arrancar, sin embargo, arrastrando la resaca de champán de la noche anterior.

La alarma del despertador se sutituye por el timbre que convoca a las trabajadoras a acudir al requerimiento de un cliente. Las meretrices se sitúan en línea. Si resultan ser la elegida se puede decir que su jornada laboral ha dado comienzo, si no es así, el primer tiempo muerto suele utilizarse para fumar un cigarrillo en el patio trasero y realizar una llamada a algún allegado.La protagonista de esta historia decide llamar a su actual novio.

 

Foto: iStock. Foto: iStock.

 

“C.T y yo nos conocimos a través de una cita de Tinder en Nueva Jersey. Acabamos pasando varios días juntos. El sexo era alucinante y me fue hechizando con su acento de Oklahoma y su humor travieso. Es inteligente, todo un caballero, y ya desde el segundo día me sentí tan a gusto con él que le acabé contando a qué me dedicaba. Se quedó sorprendido, pero lo entendió, lo que fue todo un alivio”.

La tarde

Una vez a la semana, las trabajadoras del prostíbulo tienen que pasar un reconocimiento médico de enfermedades venéreas. Un doctor se desplaza hasta el local para efectuarlo. Se trata de un trámite burocrático más del negocio: “Me cabrea que a las trabajadoras sexuales legalizadas se les achaque tan mala reputación. Realizo continuamente tests de enfermedades de transmisión sexual y práctico sexo de un modo más seguro que cualquier otra persona que conozca. Realizo incluso felaciones con preservativo, es lo que dicta la ley”.


Si existe algún instante de asueto, son comunes las reuniones en las habitaciones donde las compañeras de trabajo comparten algún instante de conversación: “Betty entra en mi cuarto para hablarme sobre su hija que va a ir a la universidad. Ella quiere ser abogada. Aquellos tiempos los dejé atrás hace 17 años, pero los recuerdo vivamente. Me matriculé en una facultad del Sur y me especialicé en periodismo y comunicación. Pensé que me iba a convertir en la futura estrella de los medios. Aquellos días ya están pasados por agua. El deseo que resuena ahora en mi cabeza es el de escribir un libro y, definitivamente, tengo todo el material para el primero”.

La tarde es también el momento para los preparativos del mayor momento de actividad laboral que surge con la caída del sol: “Me aplico mi maquillaje y elijo mi indumentaria para la noche. Adoro esta parte de mi rutina. Me hace sentirme como si fuera una actriz. Nada que ver con mi vida en Nueva Jersey, donde voy vestida con mi jersey y mis botas de senderismo”.

La noche

“La cena está lista y las compañeras que son contrarias al gluten se quejan porque no hay nada para comer. Les recuerdo que un pene no tiene gluten, y se ríen. Es un grupo muy tranquilo, que funciona como una auténtica hermandady no como un grupo de reclusas”.

Los clientes que finalmente pueden requerir los servicios son siempre una sorpresa, pero lo más corriente son los hombres que buscan un servicio que podríamos calificar como estándar: baño, masaje, relación completa y algún tiempo de conversación. Las historias íntimas emergen en esos instantes, como la de un hombre que le narra como "su esposa había muerto de cáncer hace unos años y desde entonces no había estado con una mujer. Habló mucho de ella, y sus ojos brillaban cuanto más me contaba".

 

Foto: iStock. Foto: iStock.

 

Habituales de estos servicios son los varones que no han tenido la oportunidad de haber vivido una primera experiencia sexual: “Tengo un chico virgen de 28 años tumbado sobre cama. Está tan nervioso que tiembla. Le digo que no pasa nada si no se siente listo. Pero insiste en que quiere que le quite su virginidad. Y lo hago. Es divertido comprobar como los nervios desaparecen después del primer orgasmo”.

¿Cuánto tiempo está dispuesta a soportar esta forma vida? “A pesar de lo poco convencional que es mi trabajo, la idea de hacer turnos de nueve a cinco todos los días me estremece. En serio, prefiero los orgasmos (reales o falsos) a tener que darle golpes al despertador y llevar papeles de aquí para allá todos los días. Con todo, he pensado en reconvertirme en agente inmobiliaria, creo que no me aburriría con ese trabajo”.

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