Ese televisor sin control remoto, que hoy no funciona, fue el cómplice de cada domingo a las once de la noche. Siempre después de “Goles en acción”, por aquel canal 13 que aún se dejaba ver. Pocos minutos después de saber si Chemo del Solar había jugado un buen partido con el Tenerife en el “bloque de fútbol internacional”, apagaba la luz, bajaba el volumen, me fijaba si todos se habían dormido y me reencontraba con mi secreto mejor guardado: “La Serie Rosa”. Si ese viejo Samsung de trece pulgadas reviviera para delatarme tendría que aceptar mi culpa pero no la pena. Porque los delitos en el Perú prescriben, porque el voyeurismo aquí es un crimen sin castigo.

Fui un travieso voyeurista. Y tú también, y tú más. Un mirón, un arriesgado fisgón que se aprovechaba del fácil sueño de su hermano mayor. Un curioso que llegaba ojeroso al colegio los lunes. Un adolescente agrandado de la peor calaña que esperaba a la hora del recreo para hablar con los amigotes sobre el último capítulo de la “Serie Rosa”. Fui, también, un fabricante de mentiras para que nadie me apague el televisor. Un pequeño amante del fútbol que se impacientaba con los monólogos de Alberto Beingolea antes de abrir paso a esas historias de siglos pasados con erotismo juguetón. “La Serie Rosa” fue para muchos el programa prohibido que nadie dejó de ver.

Nunca me descubrieron con el canal 13 encendido después de las once. Tampoco lo hice todos los domingos. Solo unos cuantos, pero los suficientes como para sentir que había pecado. Del verbo pecar, del verbo confiésate. Porque era acólito (o sacristán) en esos años y me sentía aturdido y abrumado. ¿Cómo definir la contemplación de un espectáculo erótico en el sacramento de la confesión? “Dile al padre que fueron actos indebidos”, me susurró una amiga en vísperas de una Semana Santa. Y mientras me decía eso, yo la alucinaba con dejo español señalándome el confesionario con imberbe coquetería.

Acto indebido a los doce años: dícese de esa inquietud por ver lo oculto, por mirar a través de la rendija, por encender el televisor después de las once de la noche. No solo fueron los 28 capítulos de media hora que trajo “La Serie Rosa”, esa producción de la televisión pública francesa nacida en 1986 para competir con los canales privados que habían incluido espacios para el cine porno. No, la tentación no acababa allí. ¿Quién no vio alguna emisión del atrevido (para esos años) “Colpo Grosso”? ¿Alguien tendrá algún video de “Las Chicas de la Oficina”?.

Todos esos programas eran transmitidos por Global Televisión, un canal entrañable para esa época. Tenían las mejores series (Belvedere, ¿Quién manda a quién? y Dos perfectos desconocidos), el mejor programa deportivo (Goles) y ese espacio “hot” que para muchos fue el primer contacto con lo más primitivo de la libido. Hoy, el canal 13 agoniza con programas enlatados y con dibujos animados que subestiman a los avispados niños de hoy.

Ese guiño con lo picaresco que fue para algunos “Serie Rosa”, lo fue para los más noveleros “Doña Bella” o la reciente “Presencia de Anita”. Para los más clásicos estaban “Los pecados de Inés de Hinojosa”, para los patriotas “Una noche con Susan” y para los lectores existía la revista VEA con Leslie Stewart en la portada.

Pero este post no está escrito solo para hombres. Hace un mes mi amiga G. me llamó un sábado por la madrugada para contarme que se iba a (re)encontrar con su ex. Estaba algo tomada y melancólica. Su único rastro de buen humor lo dejó en su despedida. “Solo tú sabes que voy a tropezar de nuevo, por eso guardad celosamente el secreto”. Colgó riéndose y me dejó con esa pregunta que nunca le hice a las chicas de mi edad. ¿Ustedes también veían la “Serie Rosa”? Quizá sean pocas, pero son. Hablen.

Siempre después de “Goles en acción”. A las once y algo de la noche. Ante lo explícito que hoy nos acompaña en cine y televisión, “La Serie” solo sería un cuarto de hora de ‘calentura’ para los más tímidos. Una inocentada que por alguna extraña razón a muchos les sigue costando mencionar. “La Serie Rosa” sigue sonando a culpa entre padres de familia que se recuerdan en sus años de secundaria. Quizá ellos, al igual que yo, tampoco se confesaron. Ninguno de estos señores le contará a sus amigos que ya estuvo por Polvos Azules para comprarse toda la colección de la “Serie”. Ninguno se despedirá de los demás deseándoles que la “noche les sea propicia”.

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